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DISPOSICIONES FÍSICAS DEL SR. QUANT
"... la mecánica es el paraíso de las
ciencias matemáticas, el lugar donde
se recogen sus frutos en sazón."
Leonardo Da Vinci

I

Blas Quant apareció en este mundo una fresca mañana de invierno. Era un sitio difícil de localizar, con nieve en las calles y frío en cada alma y cada cuerpo. No el frío de todos los días, un frío más áspero, un frío de hielo seco que alcanza los huesos y se instala en cada uno hasta derretirse. Los niños del parque jugaban con ruedas y palos sin pensar que era el 14 de diciembre de un nuevo siglo y que en otras tierras físicos que rondaban la locura, matemáticos con espíritu de poeta, labraban en fórmulas certezas relativas.
Ese día nació Blas y desde aquel momento comenzamos a recibir noticias de él con la misma frecuencia con la que se sabe de un amigo que se ha marchado lejos y que cada tanto, cuando los acontecimientos le ofrecen la libertad suficiente, nos envía una carta, un fragmento de vida, el recuerdo y el sabor de exóticas comidas, sales que no condimentaran nuestros labios, colores que no deleitarán nuestros ojos. Nos llega el aroma de ese mundo a semejanza de los pétalos de rosa que caen al té para hacer de esa infusión una bebida exquisita. Y con esas notas de una existencia que conocemos como fisgones, vamos armando una totalidad caprichosa, iracunda, pero, no menos esencial que otras que percibimos a diario.

II

Entró en el aula como penetra el aire por las hendiduras de las puertas. Se destacaban de esa figura su alta delgadez y unos breves lentes que pendían del tabique de la nariz. Se sintió azorado por tanta presencia, por tanto olor animal. En oportunidades devoraba con los sentidos todo lo que estuviese cerca. Merced a esa leve apariencia lograba que nadie sospechara del origen y la calidad de sus aptitudes. Sus facultades lo sorprendían a él mismo y con el tiempo tal vez esa perplejidad se estuviese grabando en su rostro. Hoy era la primera jornada de clases y entre las tres materias que le ofrecía la curricula para armar el paquete del primer año había optado por el curso de Historia de las Artes. Se quedó con ese universo que iba en diagonal desde las pinturas rupestres a las pirámides del Nilo, del arte escita a las columnas del Partenón, de las primeras iconografías del cristianismo al imperio bizantino, al arte carolingio, al milagro del Renacimiento y también al sueño romántico y que -caudal que abre su curso- desembocaría en el arte abstracto y en los sonidos de Stravinsky.

III

Miró hacia el patio que crecía amplio más allá de las ventanas y al divisar aquel tramado de baldosas blancas y negras sintió un temblor capaz de hacerle golpear las rodillas contra un banco. Julius giró y lo observó como interrogándolo. ¿Se conocían? Jamás lo había visto, pero, ¿podía estar seguro?

- ¡Siéntese, por favor!

- Si.

- ¿Es nuevo aquí? - Hubo un gesto de risa. Algunos se distrajeron para prestar atención a ese nuevo colega. Cruzaron miradas y volvieron a sus cosas.

- Llegué ayer.

- ¿Su nombre?

- Quant, Blas Quant...

- Bueno, ahora ocupe su lugar y trate de asistir a horario.

- Gracias.

Luego de la seguidilla de preguntas y respuestas, Blas dejó sus libros sobre el banco y ubicó cada objeto con minucioso ademán, limpió las gafas apenas veladas y mientras iba oyendo el inicio antiguas formas en que los hombres perpetuaron su paso por la tierra se le iban mezclando con su historia pasada o futura. Tenía los ojos puestos en ese patio ajedrezado que perturbaba su singularidad y se fue yendo de ese tiempo y de ese espacio sin que los otros pudiesen advertirlo.

IV

¿Era un sueño o realmente se hallaba entre esos hombres? Ingresó a una sala donde no distinguió a nadie. Se encontraban sentados en sillas o caminando seres que lo miraban con aprecio y simpatía, que lo saludaban con una sonrisa, con algún gesto, seres que parecían venerarlo. ¿Quiénes eran? ¿De dónde lo conocían? También estaban los que lo examinaban con aire displicente, queriendo advertir a qué se dirigía con su paso.
Blas fue guiado, no supo cómo, a sentarse ante un caballero de rasgos españoles y morenos que exhibía una solvencia y seguridad más propias de la naturaleza que de lo humano. Sólo aquél parecía concitar en esa tarde mayor atracción que su presencia. Pero, su cuerpo no era el mismo, su cuerpo estaba raro. Se sentía más fuerte, adiestrado desde hace mucho para ese gran día.

V

Comencé el juego con Caballo tres alfil rey, luego siguió un doble fianchetto. Mi rival hizo lo suyo. Cuando me tocaba conducir las piezas blancas venía jugando ese esquema que en el futuro llevaría mi nombre. Me sentí como pez en el agua, pero, del otro lado sólo recibía confianza, nada de vacilación, nada de duda. Se alzaba de su asiento y se paseaba por el salón con paso generoso entre las mesas, observando las partidas de los otros maestros.
Ninguno de los que estaba allí presentía que la historia iba a escribir una página inolvidable. El movimiento de nuestras manos fue dibujando un diseño de equilibrio en los flancos que cada uno de nosotros iba a tener que descifrar con sagacidad y urgencia. El tiempo iba a marcar la partida a igual que lo hace con nuestra vida. No iba a ser posible volver atrás en ninguna decisión. Los peones una vez que avanzaran jamás retornarían a su hogar. Ninguna pieza podía florearse sin sentido.
Logré una cuña en el flanco dama y después de las escaramuzas centrales vi que su rey quedaba expuesto en la diagonal larga y ese detalle táctico me permitió una pequeña combinación de jugadas que iba a dejar a mis piezas, en especial a los caballos, dueñas del tablero. Es cierto que él se movió con su afamada destreza. Ya habían pasado cerca de diez años desde su última derrota. Por los corredores murmuraban que era una máquina y que sólo podía realizar jugadas exactas, precisas, jugadas perfectas. Juicio tan popular como excesivo, pero, era habitual verlo demostrar qué fácil era vencer merced a un detalle. Con su sencillez y profundidad triunfaba gracias a mínimas ventajas, sin saber lo que es correr riesgos. Lo sentía frente a mí aún cuando apretara los ojos y los mantuviera bien cerrados, lo sentía como se siente el olor del pasto y de la tierra húmeda, sin necesidad de abrirlos a la lluvia que golpea todo lo que encuentra en su camino. Y, tal vez debido a secretos motivos o gracias a esa juventud que ya se iba apagando, pude soportar la prueba, templar mi carácter y ser quien no era. Pude aislarme de todas esas cosas y abstraer mi psiquis de esa presencia. Moví Caballo tres rey.
Su dama iba y venía sin hallar casilla segura. Mis torres, espadas de doble filo, separaron el campo en dos. Sus piezas no podían entenderse. Buscaban un íntimo contacto, pero, eran un ejercito que había extraviado el compás sin ser capaz de marchar a un mismo tiempo. Era una horda que se apretujaba en un espacio reducido. Restaba la estocada final que desnudara la verdad de esa posición. Su rostro se volvió adusto, sombrío, ya no era el mismo que horas antes se había sentado frente a mí. Fue el primero en comprender que ese día la suerte iba a cambiar.
En este mundo el destino común es que la fortuna vaya de una mano a otra, la más de las veces, sin demasiado ruido, mientras nosotros sólo estamos para observar así como lo hicieron esos espectadores de Nueva York en 1924, contemplando el desatino de Capablanca en dejar su caballo justo en ese escaque y ver mi torre avanzando hasta caer en cinco dama y decidir la partida. Luego vino una risa, una risa silenciosa, una alegría que no puedo relatar. Esa dicha es un sol que se apaga al instante de haber destellado, cubriendo con una luz única el curso de la existencia.

VI

- ... era la manera que para su mentalidad tenían los antiguos etruscos de asegurar la fecundidad en el futuro. El rito indicaba que la ciudad debía ser fundada trazando el contorno merced a un arado con reja de bronce y que éste era arrastrado por un toro y una vaca blanca, símbolo de pureza ...

Otra vez aquí, oyendo esa voz, viendo esos rostros tan semejantes y tan distintos.

- Mañana terminaremos con este tema y empezaremos a hablar acerca del arte helénico. Los espero a las nueve.

Se despidieron del profesor e inmediatamente comenzó una diáspora de la cual algunos partieron en grupos, otros daba la impresión que no tenían en claro hacia dónde dirigirse y comenzaron a perderse entre los pasillos y claustros que se abrían lado a lado. Las escaleras también eran un refugio para muchos cuerpos que parecían fugarse por esos resquicios en la construcción que era más un palacio que una casa de estudios. Blas pensó en cambiar palabras con ese compañero que parecía reconocerlo sin saber de dónde ni desde cuándo. Una joven quiso averiguar quién era ese nuevo alumno; pero, se acercó unos metros y luego cambió bruscamente de dirección, dejando a nuestro amigo como se abandona a una nave que parte de la costa, yendo cada vez más hacia ese horizonte donde se va extraviando la noción de la ciudad y de las relaciones humanas. Desorientado, Blas se alisó las ropas. Miró sus manos donde parecían confluir más arrugas que en las manos de cientos de guerreros, secó el sudor que le mojaba la cara y empezó un itinerario que no sabía hacia qué ámbito lo iba a llevar cuando el sol ya comenzaba a calentar el adoquín de las calles y se iba sintiendo en el estómago un vacío semejante al hambre.

VII

Decidió ver a su madre. Sería la misma de siempre. Lo estaría aguardando con la mesa bien dispuesta, con la comida caliente. Nada debía haberse modificado desde los días de la infancia y de la adolescencia. Ella le hablaría amablemente; él, si no podía ocultarlo, insinuaría algún problema, comentaría sucesos que ninguno guardaría en la memoria más que por ese almuerzo y después se marcharían, cada uno, rumbo a sus quehaceres. Mientras que Blas se entretuviera con sus libros o con su colección de discos, mirando hacia el techo o golpeando los dedos contra la madera, oiría la voz de ella canturrear la música de su pueblo, las canciones de su juventud.

VIII

- ¡Es temprano aún! No te esperaba a esta hora.

- No te preocupes mamá, tengo cosas que hacer.

- ¡En un instante estará listo! Una buena salsa con carne y algo de verduras. ¡Ya verás que no es para cualquiera! Hay fruta en la fuente.

Apoyó los libros en la mesa, se tiró en un sillón para sacarse los zapatos y vio su foto sobresalir del centro mismo del escritorio. ¡Pero, era él! ¡Quién era ese hombre! Se tocó la barba. Los ojos eran azules y el espejo devolvía la misma imagen capturada en ese paisaje de montañas.

- ¡Despierta! ¡Lávate las manos y a comer con tu madre! Debes contarme cómo van las cosas con esa niña...

IX

Era una adolescente cuando se conocieron. Tenía catorce años y una figura que apenas se mantenía erguida, soportando risueña esas pesadas ropas de lana, esos sacones amplios donde se perdían los brazos y las piernas. Cuando caminaba diríamos que era el color lo que iba de un lado al otro y no esa joven danzarina. Franjas rojas y azules adornaban los bucles dorados que venían del tiempo de la niñez, el ensortijado cabello que no sabía de mudanzas. Soplara el viento con su furor contra esa pequeña cabeza, lloviera sin cesar días enteros, nada podía alisar los rulos que daban contraste a ese rostro alegre y lechoso.

- ¿Y si un día dejamos de vernos, y si un día te olvidas de mí para siempre y nada más no une?

Decía las cosas más bellas y simples, interrogaba con ternura aunque sólo fuera para que yo le dijese lo que ella deseaba escuchar.

- ¿Es cierto que me quieres? ¿Es cierto que a nadie has amado así, que ni siquiera has amado hasta conocerme?

Cómo no decirle sí a cada pregunta que su voz susurraba mientras recorríamos calles que sólo nosotros visitábamos, caminos que se perdían en el bosque cuando la única luz comienza a ser la de la luna y el verde oscuro de esas horas recoge las prendas que el amor va dejando a uno y otro lado.

X

- Es dueña de las palabras.

- ¡Qué decís!

- No, nada...

- No entiendo.

- No, no hay nada que debas entender...

- ¿Entonces?

- ¿Entonces qué?

- ¿De quién hablás, quién es dueña de palabras, qué palabras?

- De las palabras que necesitamos, que queremos oír todos los días, ella es la dueña de esas palabras, nadie más que ella.

- ¿Qué palabra necesitás escuchar?

- No es una palabra, no son éstas o aquéllas; de lo que hablo es de lo que no sé, no sé qué palabra hasta que no la escucho de su boca, su boca roja...

Y así pasaban los días. Quant en esa nueva estancia fue menos Quant que antes y sí mucho más un joven que a veces con vigorosos y otras con temblorosos pasos va improvisando en la vida dicha y desazón. Perturbado, ni encontraba en el mejor amigo a la persona con quien sincerar su alma y así iba vislumbrando, tras el tamiz del romántico corazón, esa verdad a la que le faltaban palabras para saber de qué se trata, palabras que nunca serían de él, palabras que siempre llegarían de afuera.

XI

Por la ventana que da a la calle entraron los sonidos y el ritmo de mi sangre con tal claridad y elocuencia que despertar entre los míos fue más agradable de lo que durante años había imaginado. Había vuelto a casa. Mis hermanos estaban crecidos, no eran esos chiquillos que andan a la caza de aventuras para quedarse con alguna ventaja. Cuando llegué a la almacén de Johnny, vi a Pick y a Mary corriéndose con los hijos de Susan. Los distinguí por la nariz y las piernas flacas. Moqueaban y estaban sucios, pero, llevaban la frente como la lleva un blanco, alta y con el pelo lejos de esos ojos donde enseguida pude reconocerme. Mary se me hechó a los brazos, Pick tardó un día en volver a hablarme como antes, pero cuando lo hizo casi me cayeron lágrimas. Es el único que me dice Biggy. Fue una de las primeras palabras que dijo. Mamá me cuenta que cuando los dejé pasó varios meses asomándose a la puerta aunque ya fuera demasiado tarde y no se oyera a nadie andar por las calles. Sé que soy negro, ellos son negros y son mi familia. No me molesta, volví y mis porquerías, como las llama Jerry, están en el mismo sitio. Lo que me llevé es lo que traje: mi trompeta Dizzy. El bronce y mi boca hacen buena pareja. Biggy the Boss, Biggy y el jazz, ése soy yo. Tomamos un poco de licor y nos entusiasmamos hasta la madrugada. Algunos amanecemos tirados por ahí, otros son capaces de llegar a sus casas. No importa. Después comenzamos de nuevo y hacemos lo mejor, le ponemos música a esta ciudad, somos su sombra tanto como su luz.
Benson me vino a contar sus enredos con Lauri. En los pantalones le habían aparecido unas manchas blancas, restos del día en que pintó el negocio de Johnny y, sin preocuparse mucho, ella aprovechó para dibujarle un par de corazones con el nombre de los dos. Mientras me hablaba noté que con las palmas intentaba fingir un parche y ocultar esos lunares. Yo apenas lo escuchaba. Estaba alegre y a un mismo tiempo aturdido. Sentía el entusiasmo de esta vida entre el alcohol, los compañeros y las mujeres, también el afecto de los míos, los arrumacos de Mary, la voz de mamá, la mirada de Pick; pero, mi cabeza empezaba a estar en cualquier parte. ¿Quién era? ¿De dónde había llegado realmente? ¿Por qué a veces no distinguía a nadie y se me aparecían otros nombres y rostros en la memoria?

XII

No he pisado jamás una ciénaga, no sé lo que se siente cuando al menor impulso los pies, el cuerpo, todo esto que soy y no he perdido, se va hundiendo sin que ninguna fuerza nos rescate. Mi vida ahora está en ese pantano y los árboles y malezas, con su indiferencia vegetal, no ceden a mi exasperación. Deslizan su forma por mi piel, llevándose las huellas y el olor fresco y atezado. Nada de lo que me rodea parece saber lo que me sucede y no dejan de ser cómplices de lo que escapa y somete mi voluntad. Un felino trepado a las alturas con la conciencia de no poder mantenerse. Sin el instinto del animal. Con el peso de lo que no puede sujetarse y sólo aguarda caer para alcanzar al menos una vez y en ese gesto su verdadera identidad.

XIII

Es como en un sueño ver en penumbras lo que ayer era nítido y vivaz. Estar en el vacío. Sin masa. Ser luz no materia. Materia no luz. Ondas. Corpúsculos. La cabeza me da vueltas. Caigo fuera de la cama y veo mi cuerpo tendido sobre la alfombra gastada de una habitación de hotel. Soy ése. Ése que está tirado con la boca abierta y babeándose. Hay una botella vacía encima de la mesa junto a dos vasos, y no he tomado y nadie ha estado conmigo. Trato de entender y es difícil, según dónde estoy, según con qué percibo se modifica el carácter de las cosas, se modifican los seres, los objetos, los nombres, cambian las ciudades, es otro el mundo que se arma a mi alrededor y cada elemento de esta estructura está solidariamente unido en sus entrañas. No soy capaz de descifrar el mecanismo de mi existencia, conocer el principio que hace que me mantenga en reposo durante horas, días y años, siendo alguien que pasa al olvido y se troca en otro cuando alguna fuerza, que no sé quién imprime sobre mí, hace que entre en movimiento, con una velocidad siempre igual, en línea recta, hasta que se repite el ciclo. La fricción me detiene, el roce, la superficie sobre la que me instalo va gastando mi impulso y sé que nuevamente otra identidad me espera.

XIV

Sin memoria no hay identidad. Se es nadie y aunque el nombre no varíe ni en una letra, el nombre se vacía de sentido. Yo soy ése y soy ese nadie. No tengo pasado, sólo muchos presentes. Una tarde en una ciudad poseo un cuerpo que descubro lentamente al mover un brazo, al avanzar las piernas. Advierto el color de mi piel siempre cambiante. Soy un frasco que se llena con diversos líquidos, pero, no soy ese frasco sino que soy el líquido que se derrama por azar dentro de distintos recipientes. No entiendo lo que sucede. Es extraño, eso sí que lo comprendo, pero, no alcanzo a saber en qué consiste. He especulado noches enteras, noches hasta agotar la madrugada, y nada me he dicho que satisfaga mi entendimiento y sosiegue mis inquietudes. Sin memoria no soy ese hombre ni otro. Mis transformaciones me convierten en un pueblo sin historia y todo lo que pueda decir no son más que balbuceos. Todo es aleatorio, en nada encuentro compromiso, nada me contiene.

XV

Nuestro amigo llegó al parque de diversiones. Grupos de personas entraban y salían de los juegos algunos cantando, otros riendo, agitados iban presurosos a los kioscos de comida donde adquirían gaseosas, panchos, sandwiches, o al instante se dirigían a las boleterías para continuar el juego. Quant no sabía qué era lo que estaba buscando. Dejó de cumplir con las obligaciones del trabajo, con los compromisos familiares, con lo que los demás esperaban de él y fue a ese ámbito mágico que por unas horas podía distraerlo de sí mismo.
Por una callecita que se abría entre una amplia carpa y una pista de autos chocadores, vio a un niño de unos ocho años ir de un lado a otro. Aparecía y desaparecía con dos globos de colores. Blas se acercó y el niño lo observó con tal detenimiento que sobrecogió al mayor. No estaba acostumbrado que un niño lo mirase de ese modo.

- ¿Estás solo?

- Espero a mi madre. Fue al baño.

- No es bueno estar solo, sos muy pequeño para eso.

- ¿Y usted? ¿Está solo?

El niño inclinó su cabeza de uno a otro lado con tal gracia que hizo sonreír a Blas, mientras que con sus dedos iba separando los hilos enredados. Parecía que un gato estuvo jugando con ellos hasta transformarlos en un ovillo donde distraerse de la molicie.

- Creo que sí, al menos por ahora.

- Le regalo este globo. ¿Le gustan?

Alargó una mano hacia Blas y le otorgó el presente. Blas se sorprendió y vio como esa esfera roja, que se agitaba a la menor brisa, se alzaba decidida y sin límites hacia el cielo intenso de la noche.

- ¿Fue a la cueva de los desaparecidos?

- No, no sé qué es eso.

- Queda allí. Yo no voy, dicen que es peligrosa. A veces sale gente que no ha entrado y algunos de los que penetran no regresan jamás. Mamá no quiere.

Blas se quedó mirando hacia la cueva de los desaparecidos, le llamaron la atención los dibujos de animales, los colores de los ojos, las siluetas de seres fantasmales que plagaban las paredes externas de esa edificación de estilo gótico. Bóvedas que se sucedían, arcos ojivales que no eran de ese lugar, aristas, líneas de intersección que exhibían un quiebre y una búsqueda propias del espíritu.

- ¿Y, va a entrar? ¿Se anima a probar?

- Puede ser. Después te cuento si es cierto.

- ¡Alejo! ¡Alejo, ven acá!

Imelda apareció desde un lateral pidiendo por ese hijo que estaba junto a un extraño y, por un instante, su voz y su presencia distrajeron a Blas.

- ¡Ya voy, Mamá, ya voy! Lo tengo que dejar señor...

- Recuérdame como Blas, y que tengas suerte Alejo, éres un muchacho inteligente.

- Y usted tenga cuidado. ¡Hasta pronto!

- Me gustaría volver a verte. - Apenas murmuró estas palabras ya estaba solo.

Inició su marcha hacia la cueva. El chico le había dicho algo falso que sin embargo podía transformarse en realidad. Giró el rostro un par de veces. ¿Estaba despidiéndose? ¿Era el viento frío que con la caída del día empezaba a molestarlo? Sacó el ticket con una sonrisa y la mirada melancólica que lo había embargado las últimas horas. Guardó el dinero que le sobraba y saludó hacia atrás, hacia nadie. Iba a realizar su primer viaje consciente sujetando un globo con su mano derecha. Estaba ahí, bien arriba, rojo y etéreo, girando al menor soplo de aire.

Héctor Alvarez Castillo
Villa Urquiza, mayo del 2001

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